El infierno en las trincheras

Desde hace un año he estado viviendo en Londres, ya que aquí curso una maestría en Relaciones Internacionales, para complementar mi  licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública que cursé en la UNAM, con el sueño de en algún momento  poder ser útil a mi país.

El día de hoy, nuestros maestros de las clases de inglés especializadas nos llevaron a celebrar el día de las Fuerzas Armadas Inglesas a una exposición en el “Imperial Army Museum”, donde hicimos un recorrido a través de varios periodos de la historia militar británica, una historia que comienza hace más de mil años, cuando los ejércitos ingleses ya estaban bien establecidos.

Aunque todos los periodos militares de Gran Bretaña son muy interesantes, el periodo de 1914 a 1918 me pareció sumamente impresionante, probablemente debido a la forma en la que la exposición estaba montada, ya que nos llevaron a una réplica de las trincheras donde ambos ejércitos vivieron durante cuatro años, con réplicas auditivas de bombas y balas que aterrizaban sin parar.

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Debo de aceptar que nunca imaginé que el mundo de la trinchera era tan terrible y que en muchos aspectos parecía el infierno mismo, donde morían miles de soldados al día y donde el mundo y el inframundo se confundían uno con el otro.

Una trinchera básicamente es una zanja lo suficientemente profunda para que un grupo de soldados pueda cubrirse del fuego enemigo, variando desde ataque con artillería o metralla, donde también sea posible planear operaciones tanto ofensivas como defensivas.

Una trinchera no debe de ser confundida con  los hoyos para atrincherarse, mejor conocidos como “Foxholes”, ya que la diferencia es abismal.

Un “Foxhole” es una guarida para uno o máximo dos soldados, donde no hay espacio para prácticamente nada de movimiento, donde solo es posible en algunos casos regresar fuego o simplemente esperar enroscado a que termine la lluvia de artillería enemiga, aunque es posible hacer “Foxholes” para más larga duración, además de que hay veces que estas guaridas no hay que escarbarlas, sino que los proyectiles de la artillería enemiga se pueden encargar de hacer estos hoyos, posiciones que hay que ocupar, ya que es bien sabido que ningún proyectil impacta el mismo cráter más de una vez.

La trinchera, por el otro lado, es cavada por todo un ejército, cuyas paredes se refuerzan con madera e incluso en ocasiones con concreto, como lo hacían los alemanes.

En la trinchera se instalaba un pequeño puesto de mando equipado con cables y teléfonos conectados con posiciones muy detrás de las trincheras, a modo de poder dar informes del estado de la batalla, de pedir refuerzos o fuego de artillería más pesada, cuando el avance del enemigo es muy intenso, un avance cuyo objetivo es tomar dicha trinchera y matar a todos aquellos soldados que la ocupan.

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Las trincheras eran defendidas por cientos de metros de alambre de púas, cuyo centro estaba tapizado con minas, lo que hacía sumamente difícil tomarla.

Por esta razón, los alemanes decidieron hacer salir a los soldados enemigos de sus posiciones, sin tener que atacarles  de manera tan frontal, por lo que comenzaron a usar artillería con gas toxico (gas mostaza) que se introducía en el cuerpo y derretía los pulmones y los ojos, a lo que los aliados respondieron con el uso de lanzallamas al atacar, un arma que podía inundar 200 metros en espesas llamas de fuego con un solo disparo.

Fue un verdadero infierno.

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